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Dos Bandera un Sentimiento |
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| El Ordeño 6/14/2004 3:55:41 PM |
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La noche oscura le da paso a la madrugada, el cielo negro adornado con estrellas comienza su transición diaria para darle cabida a la luz del día, el firmamento va cambiando de colores pasando desde zaino hasta azul añil, las estrellas nocturnas abren camino al lucero del alba y éste a su vez entrega el "testigo" al Astro Rey, en esa hermosa carrera con relevo que es el amanecer.
Simultáneamente a este proceso, el caporal del fundo se levanta y en un breve recorrido por los pasillos de la casa, tiempla los chinchorros de los peones anunciándoles el comienzo de un nuevo día. "¡Las cuatro e' la mañana, hora de empezar la brega!" exclama con voz soñolienta aún. En la cocina, el fogón arde desde hace rato y doña María calienta el agua para el café madrugador; sólo el rumor del río cercano y los trinos de las aves se escuchan en el quieto amanecer, hasta que el muchacho becerrero encierra las vacas en el corral y se escucha entonces el ajetreo común del ordeño diario, entre el mugido nostálgico de las vacas ante el reclamo incesante de los becerros y el arreo suave del ordeñador.
Todo está dispuesto para el ordeño, Juan el ordeñador enlaza con extrema facilidad a la vaca "cacho fino", la amarra a uno de los botalones del corral, le sujeta las patas traseras con un trozo de mecate solitario (manea) que duerme todas las noches en el corral y comienza a llamar al becerro por el mismo nombre de la madre: "cacho fino, cacho fino, cacho fino"; el becerrero quita las trancas para que la cría salga corriendo en pos de su madre, mientras el cielo sigue aclarándose lentamente.
El ordeñador, para que la vaca "apoye", es decir, para que le baje la leche, deja que el becerro mame por un par de minutos, pasándolo cada pocos segundos por los cuatro pezones de la ubre. El becerro, golpea instintivamente la ubre de la vaca para que fluya la leche con más rapidez. Paralelamente, Juan comienza un silbido melancólico y luego amarra al becerro cerca de la madre para que ésta crea que el becerro está mamando aún. La realidad es que después de lavar la ubre, Juan ya ha empezado el ordeño sentado en un taburete de 25 centímetros de alto, de confección casera y cuyas patas están sujetas por clavos y reforzadas con alambres que actúan como abrazaderas.
Juan, ataviado con una camisa vieja sin abotonar, shores hechos de algún pantalón recortado y unas alpargatas curtidas de muchas madrugadas de ordeño, canta una tonada mientras trabaja: "Tú dices que me quisiste/ pero que ya no me quieres/ nadie recoge el bagazo/ cuando la caña se muele." E.L.R. Su melodía melancólica es acompañada por el compás perfecto que brinda el golpe de los chorros de leche retumbando en el tobo vacío.
Doña María se acerca con una taza de guarapo caliente, Juan la recibe con cariño y directo de la ubre dos exprimidas bastan para prepararse el café con leche mañanero, lo toma con serenidad mientras intercambia algunas palabras con sus compañeros de trabajo, para luego volver al ordeño embebido en tonadas y bramidos matutinos. Así se le va la madrugada y mientras ordeña la última vaca, Juan canta con un dejo lastimero: "La cántara está llenita/ de leche y de sentimiento/ y hasta el silbido del viento/ suelta su copla infinita." O.A.H.L.
Finalizado el ordeño, el becerrero se encarga de apartar los becerros de las vacas hasta el día siguiente, cuando se volverán a encontrar en una nueva madrugada. La magia de la mañana en el llano comienza con buen pie y el jeep del fundo va dejando su rastro de polvo cuando va enrumbado hacia la receptoría para llevar las cántaras llenas de leche y al mismo tiempo impregnadas de esperanza. Así son las madrugadas allá en mi tierra llanera.
Fuente: Orlando Augusto Hurtado Lara Lecturas: 5691
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